Hoy me preguntaron si extrañaba… A lo que yo me repregunto y contesto, si extraño… pero ¿qué? Un país podría definirse como una madre que sabe maternar a sus hijos. ¿Extraño a la madre que no sabe maternar? No lo sé. Extraño la sensación de sentirme protegida y querida, eso sí. Pero con la adultez llegan las certezas. No hay sentimientos que duren para siempre ni protecciones “bienintencionadas” que no nos corten las alas. Entonces me pregunto qué pasaría si un día dejo ir a todas esas ataduras simbólicas, psicológicas, educacionales, patriarles, como quieran llamarlas. Qué pasaría si me entrego de lleno a la aventura que emprendí hace once años y que todavía no me atrevo a disfrutar. ¿Cuál es el precio que debo pagar por conservar la insignia clavada en el pecho? Es el precio de emigrar, supongo. Aquí soy y debo ser siempre de donde provengo. Aquí me reconocen como tal, y debo flamear la banderita porque si no la flameo quedo a la deriva, entre dos barcos, sin salvavidas...
Resulta bastante alto, en todo sentido. Hay una regla ineludible que pareciera condenar a quien emigra: “El que emigra viaja, el que emigra llama, el que emigra escribe”. Si hablamos de lo económico entran en consideración por lo menos un pasaje anual a la tierra que los vió nacer, reduciendo los ahorros y muchas veces llevándolos al rojo. Mientras el emigrante tiene un gasto fijo de pasajes y estadía, a veces duele ponerse a pensar que si los que se quedaron también hicieran el esfuerzo de viajar les ahorrarían unas cuantas libras y les quitarían un poco de responsabilidad. Porque ahí viene lo peor, pareciera ser que la responsabilidad de mantener el contacto recae –casi siempre- en la persona que decidió probar suerte en otro destino. El emigrante es el que siempre tiene que llamar por teléfono, el que siempre tiene que escribir e-mails rogando una respuesta, el que tiene que enviar dinero a sus familiares… Y el que a su vez no tiene qu...
¿Pero vos nunca te das por vencida? Si, a veces, como todos. Pero me reconozco una tozudez probablemente heredada de mis bisabuelos maternos vasco franceses. Soy capaz de buscar una aguja en un pajar, y si no la encuentro –cosa probable- sentirme por lo menos orgullosa de haberlo intentado. Claro que sí, que me decepciono si no encuentro, que lloro, que pataleo, que muerdo el polvo como la canción de Queen, que no me atienden, que me ignoran, que se olvidan de mí –o eso pretenden… Será que no acepto un no por respuesta… Probablemente, porque estoy enamorada del sí, del que tengo en cuotas para mi gusto, del que todos queremos siempre tener más o el que tarda en llegar haciéndose desear. Del si que hay que convencer paciente y concienzudamente para que se transforme en algo posible y palpable. Hay muchas cosas a las que les doy un profundo y fervoroso sí: al encuentro, a la palabra, al acuerdo, a la búsqueda creativa del momento propicio, al convencimiento… Hay otra...
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