Hoy me preguntaron si extrañaba… A lo que yo me repregunto y contesto, si extraño… pero ¿qué? Un país podría definirse como una madre que sabe maternar a sus hijos. ¿Extraño a la madre que no sabe maternar? No lo sé. Extraño la sensación de sentirme protegida y querida, eso sí. Pero con la adultez llegan las certezas. No hay sentimientos que duren para siempre ni protecciones “bienintencionadas” que no nos corten las alas. Entonces me pregunto qué pasaría si un día dejo ir a todas esas ataduras simbólicas, psicológicas, educacionales, patriarles, como quieran llamarlas. Qué pasaría si me entrego de lleno a la aventura que emprendí hace once años y que todavía no me atrevo a disfrutar. ¿Cuál es el precio que debo pagar por conservar la insignia clavada en el pecho? Es el precio de emigrar, supongo. Aquí soy y debo ser siempre de donde provengo. Aquí me reconocen como tal, y debo flamear la banderita porque si no la flameo quedo a la deriva, entre dos barcos, sin salvavidas...
La música tiene un efecto extraordinario. Eso se dijo siempre. Pero en mi persona resulta ser tan extraordinario que subo y bajo de acuerdo a lo que escucho, me pongo de buen o mal humor. Es inevitable, preciso, increíble. Disparan mis sentidos, mis emociones, no lo puedo evitar. Y cada vez menos… Siempre evité el fanatismo pero creo que me estaré convirtiendo en una especie de fanática yo misma porque siento una especie de devoción por las formas musicales que son de mi agrado. Pocas por cierto… Hay gente que puede ir por el mundo sin escuchar música o simplemente sin elegir lo que escucha. Se conforma con encender la radio y dejarse llevar por lo que dicen los productores de moda, con letras fáciles de seguir que no los dejen pensar demasiado. ¿Qué es lo que hay que escuchar? ¿qué es lo que hay que mirar? ¿Qué es lo que hay que usar? Las caras bonitas de la tele moviendo boquitas o haciendo movimientos sensualoides parecen tener la respuesta para todo. Antes me parecía aberrant...
Siempre me llamó la atención la gente que recauda fondos para organizaciones de beneficencia en la calle. Funciona muy bien en Inglaterra. Se los ve muy motivados persiguiendo gente por la calle, sonríen, saben como llamar la atención. Por supuesto que les huyo en cuanto los veo, no los entiendo, ¿a quien se le puede ocurrir donar dinero en la calle?- pienso- dejar los datos de su tarjeta de crédito a estos chicos divertidos que nos sacan una sonrisa en medio de marchas mundanas. Por otro lado apoyo –aunque sea mentalmente- a toda organización de beneficencia que haga cualquier esfuerzo por salvar el medio ambiente, los animales en peligro de extinción, los niños con hambre, mujeres maltratadas, etc. Hoy fue mi turno. Mientras esperaba en la puerta de un teatro en la zona de Leicester Square se me acercó un chico de remera naranja y carnet en la mano. Ya había huído ávidamente un rato antes de otros dos que habían querido “atraparme” en la vereda de enfre...
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